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Argentina 2015: hacer durar la democracia

por SEBASTIÁN TORRES

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Argentina 2015Todo proceso político guiado por la virtud de grandes conductores asume la experiencia de su temporalidad cuando sus líderes dejan momentánea o definitivamente el poder del Estado. Por supuesto, hay una diferencia entre la trágica muerte – de Hugo Chavez y de Néstor Kirchner – y las pautadas sucesiones de la renovación democrática a través del voto ciudadano, sin embargo en la infinita distancia que se encuentra entre la vida y la muerte no deja de tejerse la contingencia misma de la política. Los pseudo-republicanos antipopulistas ven la fragilidad del orden político que se apoya en los liderazgos «carismáticos» oponiéndoles la estabilidad de las instituciones, pero se valen de la fragilidad misma de toda institución política a partir de estrategias de desestabilización que golpean a las mismas instituciones democráticas. El golpe institucional que derrocó a Fernando Lugo en Paraguay, hoy sumido en la más extendida corrupción, expropiación de los bienes públicos y violencia política, y los permanentes intentos de golpes institucionales y mediáticos que enfrenta Dilma Rousseff en Brasil y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina (y tanto más podríamos decir de Bolivia y Ecuador) son la muestra más cabal de la falla del discurso antipopulista, que sueña con el fin de un proyecto político medido según la finitud propia de toda vida singular, pero ataca a las instituciones democráticas a partir de las cuales estos proyectos políticos se proyectan en el futuro y lidian –por supuesto– con el drama de la duración.

Las elecciones presidenciales en Argentina, momento que concluye el segundo mandato no renovable de Cristina con un índice de popularidad mayor a cualquier otro presidente del país, son el escenario en donde todo tipo de operaciones de desestabilización exponen la impaciencia propia de aquellos sectores políticos y económicos, nacionales e internacionales, que ven desmoronarse a pedazos las teorías de los ciclos vitales populistas (ciclos cuya única ciencia fueron las interrupciones por golpes militares avalados por los liberales). Con el retorno democrático, los teóricos liberales del constitucionalismo ascético recurrieron al discurso de la alternancia de los partidos como índice de la salud del régimen democrático, pero la crisis del sistema de partidos acelerada por la más evidente y grosera realidad de su representación de los poderes económicos nacionales y trasnacionales – no de una crisis de la representación sin más –, arroja por la borda toda teoría de los ciclos y hecha luz sobre un escenario de antagonismos. El sistema electoral, históricamente criticado por la izquierda como una forma de delegación del poder, hoy pone en juego no sólo quién gobierna por un período determinado, no la supuesta salud de un régimen pluralista de rotación, sino el poder mismo de la soberanía de pueblo como fuerza institúyete y de legitimidad democrática. Las elecciones ya no tratan de un acuerdo bajo la mesa de los grupos económicos, sino de la duración de la fisura que introdujo el kirchnerismo en el discurso postmoderno de la muerte de la política. Es por este motivo que los períodos electorales se han convertido en momentos propicios para ensayar –por ahora sin éxito, pero con una peligrosidad cada vez mayor– diferentes modalidades de golpismos institucionales, que ya no se dirigen sólo a la figura del  «líder», sino al sistema electoral en cuanto tal y, por extensión, a la impugnación de la legitimidad de la voluntad popular. Tal es el escenario electoral en Argentina y tendencialmente la situación en Latinoamérica. En resumidas cuentas, ha quedado claro que el problema de fondo para el antipopulismo es la democracia, que permite que quien-sea  pobres, morochos e ignorantes – decida los destinos políticos de un país y una región, sectores esperanzados que ignoran la verdad que el siglo XXI ha decretado para la humanidad. Los límites que encuentra la ideología neoliberal en Estados que se han instituido a partir del empoderamiento de las clases populares, ha provocado – luego de un breve y superficial coqueteo de la oposición ofreciendo garantías de cierta continuidad en las políticas sociales – un retorno de la derecha al siglo XIX: la denominación de clientelismo político a las políticas de ampliación de derechos y la vergonzosa defensa discurso del voto calificado.

La situación podría ser otra, la de un natural desgaste del proyecto político que gobierna desde hace doce años, pero dentro de los altibajos previsibles no es el caso. A una semana de las elecciones, el candidato presidencial del Frente para la Victoria, Daniel Scioli mantiene una considerable ventaja frente a los demás candidatos (por supuesto, antesala de encuestas que no permiten festejos apresurados). Es cierto que, sumada la preferencia de los dos frentes de oposición, casi en 60% de los argentinos no apoyan al FPV, verdad de la política donde los muchos no son necesariamente una mayoría cuantificable, verdad de la democracia que la  «primera minoría» – como gusta decir a los liberales – debe cargar en sus espaldas con el signo de las luchas populares y hablar en nombre de  «todos». Y esto es así no sólo por un saber popular acumulado que los discursos de Cristina insisten en cultivar con permanentes ejercicios de raciocinio y memoria (de realismo popular gramsciano, podríamos decir), sino también porque contra todo manual electoral que indica adoptar un perfil más conservador, conciliador y económicamente austero, durante todo el 2015 el gobierno ha radicalizado sus políticas progresistas para fortalecer las condiciones estructurales del  «proyecto nacional y popular». El perfil de Scioli (ex-deportista, que ingresa a la política en la década de los 90, cuando las celebridades se volcaron a la fiesta neoliberal, fue vice-presidente de Nestor Kirchner en el momento de transición y luego exitoso gobernador de la provincia de Buenos Aires, que posee el electorado más grande del país) es más conservador, discursivamente austero y de buen administrador. No no ha sido, sin embargo, el perfil dominante de la campaña: más allá de que los analistas imaginaban que ese perfil sería la clave para perforar el muro anti-kirchnerista construido por los medios de comunicación y conquistar un voto que apostaría por la estabilidad, con independencia de las fidelidades ideológicas ya consolidadas. Scioli no era el candidato del  «kirchnerismo», pero sin duda era el candidato más fuerte del FPV, y la campaña tiene esa doble impronta, compleja pero realista.

Como en todo momento político, el escenario tiene un doblez centaurino que no se resuelve en una síntesis, sino con la prudencia que logra producir encuentros no necesarios. El primer escenario exige garantizar el triunfo en primera vuelta del FPV (el candidato a vice-presidente Carlos Zannini, cuadro kirchnerista de primera línea, ha garantizado el índice de entusiasmo necesario para la juventud militante y los sectores más progresistas), es el momento del león, de la fuerza democrática, de la movilización popular, del todo o nada que dejará vencedores y vencidos. El otro escenario es el de la lucidez del zorro, de la conciencia histórica y la experiencia del tiempo, de la memoria y el futuro, el de la gramática política que sabe de la batalla cultura que se libra en el lenguaje nacional, latinoamericano e internacional (sí, internacional, si levantamos testimonio de la batalla argentina que llevó a aprobación de la ONU la propuesta para regular las deudas frente a los  «fondos buitres» – los holdouts –, contra la mirada desconfiada de los estados que todavía creen ser la encarnación histórica del universalismo frente a las alternativas localistas de este lejano cono sur del continente americano), de las pasiones complejas que reúne los dramas sociales y una felicidad pública no traducible en índices de prosperidad económica. Este segundo momento es el que cuesta ver en el perfil de Scioli, el que no aparece en ocasión del discurso que tiene que encenderse, polemizar, tocar la fibra viva del cuerpo social, abrir brechas en el frente homogéneo del desencanto para avanzar, como lo supieron hacer Néstor y Cristina, cada uno de forma tan singular, pero ambos colocando al Estado inteligente como punta de lanza de las conquistas sociales en representación del pueblo.

La  «nueva agenda » es económica, casi exclusivamente, con estrategias diferentes pero orientadas a los mismos fines que Néstor y Cristina marcaron como posibilidad en el contexto de una economía-mundo (inversión estatal, desarrollo científico-tecnológico, industria nacional, consumo interno, exportación con valor agregado para generar divisas, etc.). Lo que se ofrece es continuidad, seguridad en la estabilidad; algo que no es poco para los cada vez más abruptos y descarnados movimientos del capitalismo destituyente. Lo que falta, lo que ya se extraña y posiblemente extrañemos, es ese ideario de la gran política, ese acontecimiento que hoy nos permite verlo en retrospectiva como un momento histórico irrepetible. Sin embargo, no hay en el ambiente ninguna retracción pesimista, por el contrario lo que se activa es la imaginación que rescatamos de la misma indeterminación y contingencia de la política que hizo posible torcer el rumbo de los decretos dictados para el inicio del nuevo milenio. Quizás algo de saudade, para tomar prestado un término de los hermanos brasileros, en donde se juega una memoria activa, colectiva, que tendrá que aprender con lucidez – como lo supo hacer el kirchnerismo con la tradición peronista – que un legado perdura cuando es reinventado permanentemente, cuando deja ser apropiado por las nuevas generaciones.

Y los peligros seguidos del triunfo deseado… los de siempre: por una parte, que en los momentos de crisis y alta conflictividad se vuelva a creer que es posible negociar con la derecha neoliberal (porque hay que asumirlo de una vez por todas, nada queda de aquel liberalismo de los derechos en el actual escenario mundial, una falta que se siente en la política argentina, más allá de las críticas consabidas a esta tradición); por otra parte, que el peronismo abandone el trato con la conflictividad y adopte la estrategia hobbesiana de neutralización, en lugar de sostenerse en el momento maquiaveliano latinoamericano, en cuya contingencia y fragilidad se hizo posible imaginar otra historia; en ambos casos, el riesgo es que la respuesta a la duración se encuentre en un realismo conservador y no en el realismo de la acción, el único que nos ha mostrado que para durar hay que provocar a lo existente extendiendo los bordes de lo posible. Lo cierto es que nada es seguro y el 2016 se abre a una historia que nuevamente habrá que disputar. Por lo pronto, no deja de ser interesante que la mirada de todos – oficialismo y oposición – siga puesta en Cristina, experiencia novedosa donde la titularidad del Estado y la  «titularidad de la política » no van a coincidir, experiencia también necesaria que no es más que una forma de reconocer el carácter constitutivamente divisible de toda soberanía, figura emergente de una verdad cuyo nombre no es otro que la cifra oculta del demos.

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